Decía mi madre cuando éramos pequeños que dejáramos de pelear, nos tirábamos la comida por encima y ella se engrifaba más, “no saben ustedes los que cuesta conseguir la comida cabros tontos”. Y es verdad, no sabíamos. Mi hermano salió de la contra, yo del Cacique.

Empezamos a trabajar en lados opuestos del Gran Santiago. A él le fue mejor, se gradúo de la universidad. Yo como era el mayor empecé a trabajar desde los 12, cuando esa misma comida que costaba conseguir empezó a escasear en la mesa. Tuvo otras oportunidades, no lo juzgo. Aunque nos veíamos poco, a veces para los clásicos nos reuníamos donde mi mamá. Sé que mi papá era del Colo, mas, nunca lo conocí.

Un día el país llamó a su historia, el pueblo tocó la puerta que como decía Kafka, solo existía para ello, solo existía para que nosotros la golpearemos. Las calles atestadas, las cacerolas percutiendo, los de verde reprimiendo. Entre banderas enarboladas y el arrebol impenitente de la revolución lo ví, lo ví a mi hermano, entre la Garra Blanca y Los de Abajo, entre los del Tino y los del Tano, encapuchado hasta las pestañas. Tampoco lo juzgué, había sido convocado por alguna fuerza del tiempo, a marcar su presencia. En el gran estallido de octubre lo ví.

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