En torno a la primera arenga.

Cuando David Arellano le dice a su amigo: “Vamonos, Quiñones! Que jueguen los viejos!” existen dos elementos nucleares que orbitan para siempre en la historia del Colo-Colo: la juventud y la rebeldía.

De ahí otros electrones suman en las reuniones posteriores bajo el alero de la gran madre de todos los indios Rosario Moraga: el asambleismo, la seriedad, la hidalgia, la entrega total, la antorcha de la pedagogía. De lo que se desprende que no es sólo un derecho, es un deber irrestrico de l@s colocolin@s indignarse, arrebatarse, comunicarse entre sí.

Más debemos recordar cuando empalman los meses en los asesinatos de las sillas, uno de ellos profesor, colocolino. No nos puede dejar de importar la rabia. Ese es el impulso que nos guiará sobre las crisis. Las grandes madres supervisan, alumbran el camino; los profesores tejen las generaciones, y los jóvenes toman la antorcha.

Fuera del ataúd del cual no entran voces se abre paso el mes del fuego, el mes de Arellano. Sobre el otoño insípido del virus se ciernen los aniversarios, los gritos, y la revuelta del Club Social en medio de la muerte silenciosa.

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